Estoy verdaderamente harto. Harto de las convenciones establecidas, saboreando cada segundo de extinción de la vida bohemia. Estoy cansado de acolcharme a las personas que dictan mi vida y no dejan espacio a la relatividad de las acciones. Ya no llegan las palabras. Dos ojos dicen más que dos poemas. Las miradas, los gestos, millones de músculos moviéndose al compás en un segundo, la postura de cada facción. Viajar… ¡Oh viajar! Nunca he conocido a nadie tan liso, con tan poca iniciativa de cambio, tan carente de sensibilidad emocional que a la vez es tan necesaria. Estoy encerrado en tu dictadura de impotencia, en una jaula tan escueta como tu corazón. Los barrotes están formados por fibrillas hechas de lágrimas. No tiene balcón desde el que poder mirar el mar de lágrimas que hicieron esas gotas que surcaron tus actuales arrugas, que simbolizan el desgaste que uno tiene cuando se resigna a lo simple. Eres la persona menos compleja que conozco, y he de decir que nunca he tenido contigo un lazo parental, psicológica y moralmente. Puede sonar triste pero es así, es uno de los productos defectuosos, uno de los pocos*, que hay en la producción de emociones, sensaciones y sueño que, a su vez, forman mi vida. Sé que no hay paños calientes que puedan secar las heridas que nos hemos proferido, y esto, insalvable, no tiene que llevarnos a la indiferencia, pero sí a la distancia, la que ahora mismo necesito de ti y de todo. El tedio adherido a la rutina y cada una de las vibraciones de mis manos en las teclas cada día forman un ambiente monótono y resignado a las pocas cosas malas que tiene la vida. Es como si intentara que las teclas entendiese el idioma intensidad-subconsciente, es como si les intentara explicar cada movimiento microscópico que hay en cada centímetro de mi cuerpo y de mi mente. También estoy harto del destino, y siempre lleva las culpas de todo. Culpas merecidas la mayoría de las veces. Veces cansadas. Yo cansado a veces intento emanar la incomodidad que se acumula en cada nervio. Se que no explotaré, algo es algo, el destino no me lo permitirá. Es perverso pero se delimita bastante bien. Muchas veces, en días tan asumidos como el de hoy pienso en lo que puedo llegar a hacer sentir a los demás, a los de siempre, los de ahora y los que están por venir. Imagino que interpretan y encienden mi imaginación. A su vez, cada día odio más definirme, me llena de amargura. Quizá porque yo no sepa quién soy, aunque me conozca muy bien. Quizá los demás creen que soy quien no soy. Pero lo que si que no soy es lo que los demás creen o pretenden. La intotalidad con la que crezco se debe a que algo está por venir que me llenará, y cuando se vierta sobre mí y las paredes de mi cuerpo estén inundadas de fluída felicidad de aquella quizá me replantee bajar a la superficie, bajar de las profundidades y poner al derecho el almanaque y el viento. Cuando sople a mi favor yo estaré al tuyo, porque te quiero pero el querer no lo demasiado como esas convenciones en las que no creo resulta fatuo. Una vez más la culpa es del destino. Sé que tú no sufrirás por ella, no lo has hecho nunca, ni cuando yo lo hacía sin quererlo. A lo mejor me sentiré completo cuando encuentre lo que me falta. Y puede ser que lo que me falte sea esa figura (a la que no me gusta llamarle ‘paternal’) que nunca se ha dejado ver con nitidez. Mejor, si lo hiciese así luego se iría en un intento de demacrado y gris escapismo y eso haría más hondo mi fondo. Por lo tanto, costará más llenarlo.
Quise compartir contigo mi yo, quise quererte.
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